martes, julio 14, 2009

Pat Metheny - First Circle -Con Orquesta-

Una sinfonía moderna.

domingo, junio 21, 2009

Lecciones



“El mejor medio
para hacer buenos a los niños
es hacerlos felices”
Oscar Wilde

Mi oreja ya adivinaba sus latidos de pandereta a través de la piel expandida, el fluido que la hacía flotar y el idilio en el paisaje de varias generaciones tejiendo chambritas al abultado vientre de mamá. Después una prisa y las esquinas y sus semáforos de nueve meses desapareciendo en el sentido opuesto; la congestionada avenida del pasado que no tuvo espacio en la maleta. Enseguida las luces de una noche de abril dando paso a otro tipo de haz, como el del sol de pascua que calcinaba el paradigma de mi azarosa concepción, pero mucho más intenso.

Batas blancas que llegaban tarde y cubre bocas azules sin decir palabra, ansiedad en una camilla, en la asepsia transparente de un quirófano todavía muerto. La incertidumbre como lavativa, purgando de mis sienes el inventario núbil de mi existencia. La ilusión como único anestésico de ese dolor caudal aferrándose a mi brazo, encajando sus uñas en cada envión de la vida por abrirse ruta. Un último grito y sus ojos, nuevos y expectantes, por primera vez ante los míos.

El tiempo tocó entonces la puerta y subió a mis hombros, derrumbando mi cuerpo en un sillón del cuarto de hospital. Ahí lloré mi felicidad como nunca había llorado una tristeza. Ni cuando se adentraba en la tumba el largo y consumido cadáver de mi padre y sobre mí caía toda esa tierra, sepultándome. Y lloró también el portento la primera vez que la tuve en mis brazos, esos artefactos inútiles de resortes y goma que torpemente intentaban confortarla.

Hoy, tras un par de años, ella me ha devuelto esa parte de mi niñez que no recuerdo. Ese fragmento perdido en la memoria que me espera todas las tardes, con el crayón impasible en la mano izquierda, esperando plasmarse. Esa resurrección lúdica persiguiendo su sombra de un extremo a otro, cimbrando las columnas más férreas de mi epicentro. La pequeña antología nuestra haciendo veredas transitables en el mar, fiel aprendiz de todo, dándome un beso, rescatándome del exilio inconsciente del trabajo. Ella exprimiendo la pulpa y libando el néctar, demostrando la vigencia de la voz de mi viejo con la savia de la memoria, enseñándome con diarias y pacientes lecciones, con gritos y silencios, la luna de junio y la noche estrellada; la fortuna de ser padre.

Texto y foto: Rafael Ortiz Ornelas.

Keiko Matsui - Forever Forever

De reciente visita en el teatro Degollado donde fuimos testigos de su virtuosismo.

domingo, mayo 10, 2009

Asalto al Corazón


Una punzada, una distensión en el vientre, un telefonazo, un reloj en la duermevela hilvanando segundos al ritmo anárquico de dos corazones en un mismo cuerpo. Un cansancio en tus pies hinchados por las estaciones; el frío, las flores, el calor que llueve como estambre sin tejer y la cuna de mimbre aún vacía; unas ganas de reír y de estallar, por Dios, en llanto. Un baño tibio de tranquilidad a medias y la certeza en la maleta comandando la prisa de llegar al fin al hospital.

Y dijo: -¡arriba las manos!-, pero se levantaron tus piernas y comenzó a abrirse paso como lo hace una caricia por la piel conocida, balanceándose, urdiendo una escapatoria. Y asomó la cabeza por el camino de vuelta, con un antifaz de hinchazón en el rostro para que nadie supiera a quién es idéntico. Y sin decir: -¡esto es un asalto!- tomó sin pedir todo tu tiempo, tu cintura y tus pechos, el color de tus mejillas y tus frascos de maquillaje, el hilillo ronco de tus fuerzas y también tu corazón. Se robó tantas horas de sueño, las tardes donde la calma vivía dentro de un caracol, la libertad de tus pasos deslavando el retrato de la muchacha que fuiste; todas y cada una de tus nuevas miradas.

El futuro nació ese preciso día. Y también el nuevo botín por despilfarrar: el sonido de la felicidad rompiendo el silencio cada tres horas, la mano minúscula bordeando tu dedo, la redención de todos los dolores y lamentos cuando sentías que se te iba la vida; sin saber que apenas llegaba. Un horizonte nuevo, acurrucado entre el paisaje de tus brazos inexpertos que sin embargo, como desde la primera vez, reconfortan, adormecen.

Cometido el delito, entre el mar de ruido que revuelca de piso a techo la casa, hoy puedes escuchar con claridad tu voz, esa que cambia el tono para corregir, para encausar. Diriges tu bendición o esa mística esfera de acero que lo protegerá a través de su historia, más allá de distancias insondables y el aterido color gris de las lápidas en los cementerios.

El futuro llegó por asalto; te dejó los bolsillos vacíos, pero las arcas llenas.

Texto: Rafael Ortiz. Ilustración: Mother and Child.1934. Barbara Hepworth (1973-1975)

martes, abril 21, 2009

Ian Anderson -Bouree- con orquesta

martes, abril 14, 2009

Manifestación de Estrellas



A los que se quedaron aquí abajo,
mirando la estela de los cuerpos celestes
mudándose.


De improviso, en la proximidad de los lazos, los ojos de los nuestros se contagian de la oscuridad final y nos invade en el aire una epidemia de santa muerte. Como se transmite el virus de la tristeza a través de las tazas vacías de café, como se hace piedra deteniéndose un día el corazón (y se endurece, sin remedio, el pan nuevo ante la alevosa intemperie).

Así la gente que nos dio la vida, la mano o la enseñanza se marcha sin dejar su paradero, llevándose tantas cosas que creemos que nos pertenecen; se esfuman de nuestro plano atravesándonos. Se van dejando copas servidas y carcajadas que aún encienden las velas en el comedor. Se van y queda un libro abierto en las páginas extemporáneas de la belleza, las pautas sedantes repletas de música escrita sobre el piano, los lienzos sin colorear y la paleta llena de pintura, la magia disuelta en un sombrero que se derrama en el perchero que custodia los tiempos.

Tras la pérdida nos encontramos llorando ante un retrato, sin notar el brillo que azota y despedaza el cielo en su manifestación de estrellas, sin saber que en la trepidante mudanza de los nuestros algo se quebró y quedó esparcido por el piso, algo que nos duele al caminar. Sin saber que ese dolor -esa ausencia- es una forma etérea y a la vez tangible en el cuerpo estoico de los recuerdos.

Esa voz, en nuestro oído, es la que sopla y apaga el incendio en nuestra alma. Es una flor redimida en el asfalto que anuncia un nuevo sendero y un mapa más preciso del tesoro. Un calibre más grueso en nuestra piel, que nos protege del frío sin el otro y demás epidemias de cama. Una herencia, imborrable, de crónicas sin fin en el abismo quieto del amado protagonista, de travesías sinceras en el caramelo rojo y blanco de la tarde cómplice, de conquistas en el silencio atónito del universo a la espera de banderas y gritos perdidos sin color, sin sus ojos cerrándose. Despedidas siempre, cada noche, a toda hora, en el feliz cautiverio del abrazo eterno.


Texto: Rafael Ortiz. Foto: "Torchère au tambourin" Albert-Ernest Carrier-Belleuse (Escultor francés) 1824-1887

viernes, marzo 13, 2009

Luis Pastor -Soy-

Luis Pastor: Músico, poeta y pintor.

viernes, marzo 06, 2009

Frijoles


En esa casa nunca había frijoles. Era algo que Julián no podía tolerar. No estaba dispuesto a privarse de su platillo favorito un día más sólo porque a su mujer no le daba la gana prepararlo. –Me da miedo que me explote la olla de presión- le dijo alguna vez, la holgazana, justificando la ausencia total de las leguminosas. Recordaba Julián con nostalgia su niñez, cuando al medio día el olor hirviendo de aquel barato manjar lo sacaba de cualquier actividad y lo invitaba a seguir su estela; pararse de puntitas en la estufa, tomar la cuchara de madera para pescar un buen puñado y embutirlos en un bolillo que devoraba casi quemándose la lengua. Después mamá reprendiéndolo por no esperar a que estuvieran dignamente servidos en un plato.

Así que entró en la cocina -paquete de frijoles negros en mano- y buscó una olla de barro, empecinado. Encontró una mediana, bastante tiznada, que servía perfectamente para la causa. Pero al inspeccionar el interior su sorpresa fue mayúscula. Dentro de la olla se encontraba una vasta colección de lencería atrevidísima: tangas, negligés, sostenes y pantaletas llenas de encaje, texturas, colores y transparencias dignas de la más inmoral odalisca. No aventuró ningún juicio y buscó la tan temida olla de presión. La abrió y su contenido dejó al descubierto los pectorales de lavadero y las nalgas rasuradas de un par de jovencitos, fotografiados en una revista para damas. Sudó.

En el extremo opuesto de la casa pudo ver de reojo a su mujer, que en ese momento tejía una chambrita, viendo plácidamente la televisión. Julián guardó las ollas en su lugar y se escabulló a la cochera. En un estante donde guardaba la herramienta buscó una caja que escondía bajo una maraña de cables y cartones de cerveza. Abrió la caja y estaba vacía. Ni rastro de su preciado látigo y sus esposas. Tampoco el pantalón de vinilo, ni su tanga de terciopelo, mucho menos el antifaz, o su playera de malla negra.

Regresó a la casa y se sentó al lado de su mujer. Esperó hasta que llegaron los comerciales y le preguntó: -Amor ¿Te gustaría comer fuera? Aquí cerca abrieron un restaurante buenísimo. Con la carne asada sirven frijolitos como los que hacía mi mamá-.


Texto: Rafael Ortiz.

viernes, febrero 27, 2009

Ben Woolman -Novella-

miércoles, febrero 11, 2009

El Rostro del Pecado


Lo llevaron a la fuerza con el sacerdote para que se confesara. El presbítero no pudo arrancarle palabra alguna pero de todas maneras le dio la absolución, con indulgencia plenaria. Instantáneamente todos sus pecados quedaron borrados. Se sentó a llorar abajo del púlpito, con un vacío helado y abrumador en su conciencia ¡Cómo se atrevían a robarle sus más preciados pecados! Fechorías desde pequeño, memorables, como aquella vez que escondió el ratón muerto en la mochila de una compañera del colegio. O más adelante, aquel robo al almacén de la oficina para vender facturas, plumas y hasta las grapas. Tropelías maravillosas como el fraude que tardó un año en orquestar, para dejar en la calle a su socio. Y cómo olvidar a su amante, la bailarina exótica que mantuvo en aquel departamento con coche a la puerta, mientras le decía a su esposa que buscara una escuela más barata para los niños, que los tiempos venían difíciles y que había que apretarse el cinturón. Sintió que del mural multicolor que tantos años había pintado con perversidad sólo quedaba una pared blanca que le encandilaba. Sintió que sin sus pecados no era nadie, que tras la dispensa los rasgos imprescindibles de su personalidad se habían desvanecido así como sus arrugas, sus cicatrices y su incipiente calva. Que incluso su sombra, esa que siempre lo acompañaba en todas sus maldades, se diluía por una grieta que serpenteaba hasta la sacristía.

Se levantó tras una larga pausa, mirando las caras largas y dolientes de los santos, los pliegues de sus rostros transfigurados por donde se deslizaban gotas de tinta roja, las aureolas flotantes coronando las cabezas de empolvada y sagrada mampostería.

Se enjuagó la cara con agua bendita que se mezcló con sus últimas lágrimas y salió despacio, con la cara en alto, a recuperar pronto la identidad perdida.

Texto: Rafael Ortiz.

miércoles, diciembre 17, 2008

Me Voy - David Broza 5

miércoles, noviembre 26, 2008

Canción Pequeña


Ivanna quiere ser canción y tararearse inasible y colorida por las vocales del mundo. Una de arañas descalzas trepando paredes de polvorón, de estrellas desaparecidas en la cartulina azul del cielo, de tormentas de caramelo endulzando las aceras de hojaldre.

Se canta y se silba nota por nota, entre las pautas sepias de un cuaderno, entre su cabello despeinado por la batalla oscura con la almohada y mi estupor y piyama de hombre grande. Se interpreta haciendo cariños a las cuerdas de la guitarra, inventando generosos arpegios y afinaciones imposibles. A menudo también, se queda dormida al aterrizar a bordo de un acorde, al mezclar su música con el medio día.

Quiere ser una canción lisonjera y cautivadora. Una canción gambusina que viaje al oeste en una diligencia, una melodía delincuente que transgreda el paisaje llano, sin pentagramas. Brotar de entre la tierra mojada y como una percusión o un metal sumarse a una orquesta de intentos.

Enciende una lámpara de notas que rebautiza con el agua de su voz de lajas. En su fado personal, en su tango íntimo, introduzco mi oreja para escucharla vivir en sol mayor. Quiere ser canción y correr por las teclas blancas y negras de un piano en medio del mar, ser la espuma rosa del sonido, el aroma tibio de un ritmo en el péndulo del tiempo. Quiere tocar la marea en el pulso del silencio repleto, descubierto y cantante.

Texto y foto: Rafael Ortiz.

viernes, octubre 24, 2008

Si se callase el ruido -Ismael Serrano-

Tanto ruido y tan pocos silencios.

miércoles, octubre 15, 2008

Estreno




Algo sucedió entre la noche del día 9 y la madrugada del 10, que dos hondas y sinuosas carreteras paralelas se instalaron en mi frente, sin tránsito alguno. Más al sur, dos alforjas rellenas de una suspensión de fatiga, sol y sueño se manifestaron pacíficamente bajo mis ojos, en amena vecindad con mis pestañas y ante el espejo de la mañana atónita.

Al noroeste, un cabello blanco, que según investigué le llaman cana, brotó como un abrojo tieso por mi sien, esa que acaricio cuando quiero evocar y hacer fluir algún dato revelador. Después la rodilla izquierda, que tantas glorias brindara a la profesional práctica del futbol amateur, comenzó a chillar como una rata acorralada cuando me levanté de la cama.

Más alarmante fue encontrar, una cuarta abajo del corazón, ese amasijo esteárico de grenetinas subcutáneas engrosando mi abdomen, que es como caminar mar adentro con un sobrino aferrado a la cintura, impidiéndome hacer las cabriolas de antaño, desplazarme más rápido que una chinche o juntar las puntas de mis pies con las de mis manos. Sin mencionar el súbito y orquestado encogimiento del guardarropa entero. Por todo esto, al acumular décadas, uno se vuelve decadente.

Y cómo no preocuparse si todavía creo en la niñez de mis sueños, donde soy como la cáscara de arroz y aprendo a volar, seguro de que alguna noche, unas cuantas pulgadas he logrado, por un breve lapso, sostenerme en el aire. Y cómo no llorar si aún confío en la pubertad de mis ideas que a diario saco de entre mis canicas en la caja forrada con estampas. Si no he dejado la edad del por qué y no ceso de meter la mano en los costados de lo incierto. Si quiero seguir comiendo mandarinas en el patio y jugar regletas tirado de panza y atajar balones antes de que crucen la puerta del lavadero. Cómo no gritarle cobarde al tiempo si ha huido tras golpearme, robándome tantos tesoros.

Pero algo sucedió entre la noche del 9 y el alba del 10 que al despertar he recibido también el regalo infinito, envuelto cuidadosamente en música, rodando despacio como un balín por la tinta de este escrito; el aliento esclarecido de un nuevo otoño, la cobija de inocencia, el himen reconstruido del alma, mi vida recién nacida todavía por estrenar.

Texto: Rafael Ortiz. Ilustración: Egon Schiele (1890-1918)

viernes, septiembre 26, 2008

Bill Frisell solo - Wildwood Flower / Poem for Eva

Bill Frisell. Guitarra y sampler construyendo una canción.