Cuando se levantó de la cama ella yacía aún tibia, con los ojos abiertos y los pechos erguidos, con una mano extendida sobre su vientre y la otra rozando la indiferencia del suelo. Se levantó y no intentó reanimarla. Tardó en encontrar el vaso con agua en la mesita de noche, entre esa isla llena de rascacielos de plástico llenos de cremas y productos de belleza que al contrario de los relojes, tenían la complicada misión de hacer caminar las manecillas en el sentido opuesto. Bebió hasta que en el fondo del vaso pudo ver al trasluz una lámpara de la calle, como única señal, como único faro en su naufragio de besos sordomudos y camas ardiendo, un charco revuelto de fotografías fantasmas y latidos terroristas en el corazón, de sal en las arenas de la voz, llorando. Cerca del mar donde el silencio y los años los habían cubierto, en una sola ola intempestiva y atroz. Cerca del mar inútil de sus miradas en la oscuridad de la habitación, en los cielos itinerantes de su pasión callada, sin aspavientos de playa, ni espuma en las orillas del último abrazo, ni humedad de lluvia en los rostros abandonados a la suerte del próximo día con sol.
Se levantó y por el espejo pudo ver que su espalda estaba llena de polvo de estrellas, alas de mariposa y pequeñas plumas de colibrí. Se abotonó lentamente la camisa que esa noche no le cubría del frío, ni le aligeraba el calor. Más bien le disfrazaba un poco la pena, le disimulaba mal la tristeza. Esa noche cualquier prenda sobraba, como sobraba cualquier llamada de auxilio, cualquier intento emergente de revivir a un muerto, o a dos.
Salió del cuarto dejando a la mujer fulminada, sin vida. Se enjuagó las lágrimas de ambos que ya comenzaban a punzarle la visión. Unas lágrimas como perlas imperfectas, acaso perlas ficticias, dictadas por ella para el último poema o el capitulo final de la novela. Las lágrimas cayeron al suelo describiendo trayectorias imposibles, haciendo cientos de pequeños estruendos transoceánicos.
Se marchó callado, sin prisas. Seguía teniendo sed. Pensaba en la impotencia de volver a escribir, en la soledad de las flores en las tumbas, en lo difícil que es corromper a un reloj. Acababa de matar de amor a su musa pero, ¿Alguien podía reprochárselo?
Se levantó y por el espejo pudo ver que su espalda estaba llena de polvo de estrellas, alas de mariposa y pequeñas plumas de colibrí. Se abotonó lentamente la camisa que esa noche no le cubría del frío, ni le aligeraba el calor. Más bien le disfrazaba un poco la pena, le disimulaba mal la tristeza. Esa noche cualquier prenda sobraba, como sobraba cualquier llamada de auxilio, cualquier intento emergente de revivir a un muerto, o a dos.
Salió del cuarto dejando a la mujer fulminada, sin vida. Se enjuagó las lágrimas de ambos que ya comenzaban a punzarle la visión. Unas lágrimas como perlas imperfectas, acaso perlas ficticias, dictadas por ella para el último poema o el capitulo final de la novela. Las lágrimas cayeron al suelo describiendo trayectorias imposibles, haciendo cientos de pequeños estruendos transoceánicos.
Se marchó callado, sin prisas. Seguía teniendo sed. Pensaba en la impotencia de volver a escribir, en la soledad de las flores en las tumbas, en lo difícil que es corromper a un reloj. Acababa de matar de amor a su musa pero, ¿Alguien podía reprochárselo?
Texto: Rafael Ortiz. Ilustración: Mark Boganin.


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