Parte el acorazado hacia las aguas verdes de un porvenir insoluble, acaso desconocido, pero jamás incierto. Parte el buque dejando de lado a sus fieles escoltas, dejando una estela de ondas hertzianas que se mezclan con el aceite extraído de tantos corazones, tantas tardes de mar pavimentado, de carreteras de aguamiel con retorno a los cuadernos pautados en el canto de las sirenas.
Se marcha unas horas lo mismo que muchos julios, tirando de los cabellos al futuro, escribiéndole palabras necias a los oídos sordos de las conciencias que quieren retenerle. Va con un par de perlas en la alforja, navegando la verdad y la belleza, bordeando las islas de la razón con esa terca costumbre de sobrevivir, de remojar la barba nómada en la intemperie de otras miradas, otras voces y nuevos amaneceres tibios llenando el espacio del camarote en silencio.
Se marcha el acorazado con el alma siempre a babor, sabiendo que una vez fue balsa, carabela y galeón. De su mástil ondea la bandera del día nuevo, el escudo de la reluciente mañana y las velas del color del sol en un catalejo; hasta donde dicten sus sueños y lo despierten las sorpresivas mareas. Leva su ancla y espera que el viento de occidente le dé el primer impulso, el imprescindible. Tan fuerte y tan cálido que lo encause a buen puerto, tan feroz y con tanta saudade que lo devuelva a estas orillas secas, que un día cualquiera lo llame irremediablemente a volver.
Se marcha unas horas lo mismo que muchos julios, tirando de los cabellos al futuro, escribiéndole palabras necias a los oídos sordos de las conciencias que quieren retenerle. Va con un par de perlas en la alforja, navegando la verdad y la belleza, bordeando las islas de la razón con esa terca costumbre de sobrevivir, de remojar la barba nómada en la intemperie de otras miradas, otras voces y nuevos amaneceres tibios llenando el espacio del camarote en silencio.
Se marcha el acorazado con el alma siempre a babor, sabiendo que una vez fue balsa, carabela y galeón. De su mástil ondea la bandera del día nuevo, el escudo de la reluciente mañana y las velas del color del sol en un catalejo; hasta donde dicten sus sueños y lo despierten las sorpresivas mareas. Leva su ancla y espera que el viento de occidente le dé el primer impulso, el imprescindible. Tan fuerte y tan cálido que lo encause a buen puerto, tan feroz y con tanta saudade que lo devuelva a estas orillas secas, que un día cualquiera lo llame irremediablemente a volver.
Texto y Foto: Rafael Ortiz.


1 comentarios:
Y sí....gana, Lágrima.
un abrazo, hermano.
Publicar un comentario en la entrada