Entró por la ventana abierta del norte, durante la tormenta, por delante del cometa alquilado de mis sueños y las grietas de oscuridad en mi voz, durmiendo. Entró como luz añorada en un prisma de la misma memoria, por el portal del cuerpo suspendido en el textil lírico del silencio.
No pude moverme, pero sentí sus dedos largos acariciándome el pelo y el calor de su palma alisando los pliegues consternados de mi cara. Sentí sus uñas chatas rascando mi espalda, escarbando, extrayendo y haciendo en el buró pequeñas montañas de comezón tantos años ahí anidada. Toda la noche la escuché deshilar, con su amor, esta cobija de sombras.
Quise contarle del incendio, de los primeros pasos de la chiquita, de la hierba de limón que planté en el jardín, del certificado que adorna mis ideas, del corazón que late con fuerza al ritmo del mío, de la fragancia herbal que percibo cada vez que abrazo el envés de su nombre. Me contuvo con una mirada de atardecer, de porvenir; como la compuerta contiene el agua adolescente queriendo fluir y mojar la vida extraviada en una sola ausencia.
Comprendí la noche estrellada tras las nubes negras, la transparencia de los muros del papel en que habito, el aliento cálido despeinando los valles de mi cama ocupada, la ceniza que permanece en el tiempo consumido, el estruendo de la tormenta granizando mi paraguas de acero; la bendición que me embiste cada vez que me arrojo al asfalto, cada que estornudo, cada que atravieso con algún recuerdo suyo el azul umbral del cielo.
No pude moverme, pero sentí sus dedos largos acariciándome el pelo y el calor de su palma alisando los pliegues consternados de mi cara. Sentí sus uñas chatas rascando mi espalda, escarbando, extrayendo y haciendo en el buró pequeñas montañas de comezón tantos años ahí anidada. Toda la noche la escuché deshilar, con su amor, esta cobija de sombras.
Quise contarle del incendio, de los primeros pasos de la chiquita, de la hierba de limón que planté en el jardín, del certificado que adorna mis ideas, del corazón que late con fuerza al ritmo del mío, de la fragancia herbal que percibo cada vez que abrazo el envés de su nombre. Me contuvo con una mirada de atardecer, de porvenir; como la compuerta contiene el agua adolescente queriendo fluir y mojar la vida extraviada en una sola ausencia.
Comprendí la noche estrellada tras las nubes negras, la transparencia de los muros del papel en que habito, el aliento cálido despeinando los valles de mi cama ocupada, la ceniza que permanece en el tiempo consumido, el estruendo de la tormenta granizando mi paraguas de acero; la bendición que me embiste cada vez que me arrojo al asfalto, cada que estornudo, cada que atravieso con algún recuerdo suyo el azul umbral del cielo.
Texto: Rafael Ortiz. Ilustración: "El Infierno es el paraíso fragmentado" 1997. Autor: Waldo Saavedra. Oleo sobre tela 140 x 100.


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