miércoles, febrero 11, 2009

El Rostro del Pecado


Lo llevaron a la fuerza con el sacerdote para que se confesara. El presbítero no pudo arrancarle palabra alguna pero de todas maneras le dio la absolución, con indulgencia plenaria. Instantáneamente todos sus pecados quedaron borrados. Se sentó a llorar abajo del púlpito, con un vacío helado y abrumador en su conciencia ¡Cómo se atrevían a robarle sus más preciados pecados! Fechorías desde pequeño, memorables, como aquella vez que escondió el ratón muerto en la mochila de una compañera del colegio. O más adelante, aquel robo al almacén de la oficina para vender facturas, plumas y hasta las grapas. Tropelías maravillosas como el fraude que tardó un año en orquestar, para dejar en la calle a su socio. Y cómo olvidar a su amante, la bailarina exótica que mantuvo en aquel departamento con coche a la puerta, mientras le decía a su esposa que buscara una escuela más barata para los niños, que los tiempos venían difíciles y que había que apretarse el cinturón. Sintió que del mural multicolor que tantos años había pintado con perversidad sólo quedaba una pared blanca que le encandilaba. Sintió que sin sus pecados no era nadie, que tras la dispensa los rasgos imprescindibles de su personalidad se habían desvanecido así como sus arrugas, sus cicatrices y su incipiente calva. Que incluso su sombra, esa que siempre lo acompañaba en todas sus maldades, se diluía por una grieta que serpenteaba hasta la sacristía.

Se levantó tras una larga pausa, mirando las caras largas y dolientes de los santos, los pliegues de sus rostros transfigurados por donde se deslizaban gotas de tinta roja, las aureolas flotantes coronando las cabezas de empolvada y sagrada mampostería.

Se enjuagó la cara con agua bendita que se mezcló con sus últimas lágrimas y salió despacio, con la cara en alto, a recuperar pronto la identidad perdida.

Texto: Rafael Ortiz.