viernes, marzo 06, 2009

Frijoles


En esa casa nunca había frijoles. Era algo que Julián no podía tolerar. No estaba dispuesto a privarse de su platillo favorito un día más sólo porque a su mujer no le daba la gana prepararlo. –Me da miedo que me explote la olla de presión- le dijo alguna vez, la holgazana, justificando la ausencia total de las leguminosas. Recordaba Julián con nostalgia su niñez, cuando al medio día el olor hirviendo de aquel barato manjar lo sacaba de cualquier actividad y lo invitaba a seguir su estela; pararse de puntitas en la estufa, tomar la cuchara de madera para pescar un buen puñado y embutirlos en un bolillo que devoraba casi quemándose la lengua. Después mamá reprendiéndolo por no esperar a que estuvieran dignamente servidos en un plato.

Así que entró en la cocina -paquete de frijoles negros en mano- y buscó una olla de barro, empecinado. Encontró una mediana, bastante tiznada, que servía perfectamente para la causa. Pero al inspeccionar el interior su sorpresa fue mayúscula. Dentro de la olla se encontraba una vasta colección de lencería atrevidísima: tangas, negligés, sostenes y pantaletas llenas de encaje, texturas, colores y transparencias dignas de la más inmoral odalisca. No aventuró ningún juicio y buscó la tan temida olla de presión. La abrió y su contenido dejó al descubierto los pectorales de lavadero y las nalgas rasuradas de un par de jovencitos, fotografiados en una revista para damas. Sudó.

En el extremo opuesto de la casa pudo ver de reojo a su mujer, que en ese momento tejía una chambrita, viendo plácidamente la televisión. Julián guardó las ollas en su lugar y se escabulló a la cochera. En un estante donde guardaba la herramienta buscó una caja que escondía bajo una maraña de cables y cartones de cerveza. Abrió la caja y estaba vacía. Ni rastro de su preciado látigo y sus esposas. Tampoco el pantalón de vinilo, ni su tanga de terciopelo, mucho menos el antifaz, o su playera de malla negra.

Regresó a la casa y se sentó al lado de su mujer. Esperó hasta que llegaron los comerciales y le preguntó: -Amor ¿Te gustaría comer fuera? Aquí cerca abrieron un restaurante buenísimo. Con la carne asada sirven frijolitos como los que hacía mi mamá-.


Texto: Rafael Ortiz.