domingo, mayo 10, 2009

Asalto al Corazón


Una punzada, una distensión en el vientre, un telefonazo, un reloj en la duermevela hilvanando segundos al ritmo anárquico de dos corazones en un mismo cuerpo. Un cansancio en tus pies hinchados por las estaciones; el frío, las flores, el calor que llueve como estambre sin tejer y la cuna de mimbre aún vacía; unas ganas de reír y de estallar, por Dios, en llanto. Un baño tibio de tranquilidad a medias y la certeza en la maleta comandando la prisa de llegar al fin al hospital.

Y dijo: -¡arriba las manos!-, pero se levantaron tus piernas y comenzó a abrirse paso como lo hace una caricia por la piel conocida, balanceándose, urdiendo una escapatoria. Y asomó la cabeza por el camino de vuelta, con un antifaz de hinchazón en el rostro para que nadie supiera a quién es idéntico. Y sin decir: -¡esto es un asalto!- tomó sin pedir todo tu tiempo, tu cintura y tus pechos, el color de tus mejillas y tus frascos de maquillaje, el hilillo ronco de tus fuerzas y también tu corazón. Se robó tantas horas de sueño, las tardes donde la calma vivía dentro de un caracol, la libertad de tus pasos deslavando el retrato de la muchacha que fuiste; todas y cada una de tus nuevas miradas.

El futuro nació ese preciso día. Y también el nuevo botín por despilfarrar: el sonido de la felicidad rompiendo el silencio cada tres horas, la mano minúscula bordeando tu dedo, la redención de todos los dolores y lamentos cuando sentías que se te iba la vida; sin saber que apenas llegaba. Un horizonte nuevo, acurrucado entre el paisaje de tus brazos inexpertos que sin embargo, como desde la primera vez, reconfortan, adormecen.

Cometido el delito, entre el mar de ruido que revuelca de piso a techo la casa, hoy puedes escuchar con claridad tu voz, esa que cambia el tono para corregir, para encausar. Diriges tu bendición o esa mística esfera de acero que lo protegerá a través de su historia, más allá de distancias insondables y el aterido color gris de las lápidas en los cementerios.

El futuro llegó por asalto; te dejó los bolsillos vacíos, pero las arcas llenas.

Texto: Rafael Ortiz. Ilustración: Mother and Child.1934. Barbara Hepworth (1973-1975)