domingo, junio 21, 2009

Lecciones



“El mejor medio
para hacer buenos a los niños
es hacerlos felices”
Oscar Wilde

Mi oreja ya adivinaba sus latidos de pandereta a través de la piel expandida, el fluido que la hacía flotar y el idilio en el paisaje de varias generaciones tejiendo chambritas al abultado vientre de mamá. Después una prisa y las esquinas y sus semáforos de nueve meses desapareciendo en el sentido opuesto; la congestionada avenida del pasado que no tuvo espacio en la maleta. Enseguida las luces de una noche de abril dando paso a otro tipo de haz, como el del sol de pascua que calcinaba el paradigma de mi azarosa concepción, pero mucho más intenso.

Batas blancas que llegaban tarde y cubre bocas azules sin decir palabra, ansiedad en una camilla, en la asepsia transparente de un quirófano todavía muerto. La incertidumbre como lavativa, purgando de mis sienes el inventario núbil de mi existencia. La ilusión como único anestésico de ese dolor caudal aferrándose a mi brazo, encajando sus uñas en cada envión de la vida por abrirse ruta. Un último grito y sus ojos, nuevos y expectantes, por primera vez ante los míos.

El tiempo tocó entonces la puerta y subió a mis hombros, derrumbando mi cuerpo en un sillón del cuarto de hospital. Ahí lloré mi felicidad como nunca había llorado una tristeza. Ni cuando se adentraba en la tumba el largo y consumido cadáver de mi padre y sobre mí caía toda esa tierra, sepultándome. Y lloró también el portento la primera vez que la tuve en mis brazos, esos artefactos inútiles de resortes y goma que torpemente intentaban confortarla.

Hoy, tras un par de años, ella me ha devuelto esa parte de mi niñez que no recuerdo. Ese fragmento perdido en la memoria que me espera todas las tardes, con el crayón impasible en la mano izquierda, esperando plasmarse. Esa resurrección lúdica persiguiendo su sombra de un extremo a otro, cimbrando las columnas más férreas de mi epicentro. La pequeña antología nuestra haciendo veredas transitables en el mar, fiel aprendiz de todo, dándome un beso, rescatándome del exilio inconsciente del trabajo. Ella exprimiendo la pulpa y libando el néctar, demostrando la vigencia de la voz de mi viejo con la savia de la memoria, enseñándome con diarias y pacientes lecciones, con gritos y silencios, la luna de junio y la noche estrellada; la fortuna de ser padre.

Texto y foto: Rafael Ortiz Ornelas.

Keiko Matsui - Forever Forever

De reciente visita en el teatro Degollado donde fuimos testigos de su virtuosismo.