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Fotografía: ©Rafael Ortiz Ornelas. |
A las 18:34 de la fecha límite se
escribe el primer renglón de este ensayo, vacío hasta ahora. El tema sigue sin
salir a flote. No existe la típica historia chusca que enganche al lector en el
primer párrafo, no se vislumbran signos de que su estructura sea circular, triangular
ni paralelepípeda. Nada digno de provocar estupor en Aida, ni que valga el cálculo
de Jorge Luis, o el elogio sincero de Rocío y Jairo. Mucho menos espero dardos
aprobatorios de Juan Manuel. Lejos de acumular algo parecido a un charco, el
asiento de la obra sigue desierto de palabras. Un dique seco, falto de aquella
prosa provocadora con la que alguna vez me granjeé tanta fama, dinero y mujeres
hermosas.
Habrá
que ver donde quedarían todas ellas. Me refiero a las palabras, no a las
mujeres que, ingratas, me abandonaron tan pronto empezaron a morirse. Hablo por
supuesto de las difuntas palabras: laberínticas, veleidosas, socarronas,
pendencieras y bobas. ¿Ven lo que me pasa? En mi afán de sacar el trabajo
adelante desempolvo ciertos adjetivos para demostrar mi perfecto estado de
salud lingüística, la lozanía de la que gozan mis párrafos. Y termino en puras
patrañas. Hay textos inmortales, pero a éste ya lo espera una bala de plata con
su nombre grabado. Hay textos que mueren de indigestión; el mío se muere de
hambre.
Son las 19:58, hora en que utilizo el
viejo truco de recurrir al diccionario. Sí, el Porrúa de la lengua española que
vengo acurrucando en el sobaco desde tercero de secundaria. Por si hiciera
falta el hecho irónico, abro el tomo al azar en la página 329, donde relumbra la
palabra filología, escoltada por sus inseparables filón y filogenia. Me aclaro
la garganta y cito. “Filología: Ciencia general de una lengua, desde todos sus
aspectos: gramatical, literario, histórico, genealógico, lexicográfico, etcétera”.
Vayamos por partes. Al parecer tienes que ser científico para entretener a la
gente. Luego el tema de la gramática, con la que nunca he peleado, mi
corrección al hablar y escribir es la de un caballero. Si la gramática agregara
un gramo de contenido a este ensayo otra cosa sería. La gramática me importa un
pepino. Lo literario, vamos, ¿no es pedir demasiado? Ya quisiera en estas
líneas la literatura contenida en la puerta de un baño de gasolinera. La parte
histórica...sí, sí que la tiene, apenas lo lean será historia, historia muerta
y traspapelada. ¿Genealógico? Me viene a la mente un diez de mayo, cuando tenía
nueve o diez años. Extiendo a mi mamá, a manera de tributo, una hoja tamaño
esquela garabateada con un bicolor Berol. Ella lee y exclama con los ojos rasos:
¡Ay, ratas hijito, qué bonita composición! ¿Habré
hecho chuza con todos los géneros literarios y he vuelto a mis tareas de
primaria? ¿Desde pequeño se me veía la pasta de composicionador? Voy a hacer una bella composición que hable de mis
sentaderas, que de tanto aplastarse a escribir han perdido la redondez de
antaño. Miento. De tanto sentarme a intentar,
de tanto calarle, de recular en este duelo a muerte contra Cervantes, Borges,
Microsoft Word y quien resulte responsable. Lexicográfico ¿Léxico-gráfico? Prueben
pintarle un dedo a los empleados de una vulcanizadora, si buscan representaciones
de un léxico gráfico ahí encontrarán floridas voces y simbolismos corporales
complejísimos.呈ҽ輓℈ꒅ℈Ꭰ뀈ᨘ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽doe
de la FIL, silas letras o seguir siendo
que esto sig
Las
23:49 y sereno. El documento sigue siendo la caja chica de la tesorería
municipal el último día del sexenio: nada dentro. Cené, salí a comprar leche, me
bañé, vi una película, no exactamente en ese orden. Al final, era de esperarse,
he sucumbido ante la burda trampa del alcohol. Hoy mismo lo escuché: una
investigación descubrió que el vino entorpece veinte por ciento los reflejos y
aumenta cincuenta por ciento la creatividad. Nada mal negocio. Aunque pudiera
prestar testimonio al respecto, hoy por hoy dudo de cualquier estudio. Incluso
los realizados por mi persona para el beneficio de la humanidad, sobre todo los
de aquella etapa tan reminiscente de fama, dinero y mujeres hermosas.
Van a dar las dos de la
mañana. Para comprobar mis teorías etílicas he bebido una cantidad insondable
de vino de Burdeos. Mis amigos me sugirieron recurrir a una musa; no dijeron de
cuál lado de la Calzada. De musas está lleno el Olimpo (conocido congal), las
paradas del minibús y la sala VIP de
los autores de la FIL. Me colé allí en una oportunidad, comprobé que había
hasta carriolas con niños de pecho y, como yo, mucha gente hambrienta que salía
sobrando. El alcohol, al igual que las musas y la sala VIP de la FIL son una burda trampa, por múltiples razones que intentaré
describir a continuación.
Pongamos
que te encuentras en tu despacho. Has reflexionado sobre las leyes que
conforman el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción y escribes sobre ello. En
medio de la redacción del artículo finiquitas la cosecha 2013 de un Ribera del
Duero, ligeramente connotado. Pues de repente, entre tu top 100 de politicastros
corruptos, tus preferidos para aterrizar con las muelas en la cárcel, te
acuerdas de aquella zorra, la que inspiró tu primer poema, la que prefirió ser
novia del imbécil ese del bigotito incipiente. Sin que exista conexión alguna,
recuerdas también la sonrisa de la edecán que te ofreció un canapé en la sala VIP de dicha feria del libro. Basta, te reprendes,
en realidad quieres analizar los cambios de fondo al artículo 32 de la Ley
General de Responsabilidades Administrativas, pero en lugar de eso sobreviene
un brindis íntimo, haces un recuento de todas aquellas mujeres que a lo largo
de la vida te pagaron mal, lo que sea que esto signifique. Al entrar Vila Matas
a la sala la sonrisa de la edecán se extingue, pues distraída con el autor ha derramado
un café de olla sobre tu camisa blanca. No sabes si debes huir, si llegó el
momento de despedirte para siempre de la FIL, deponer la pluma o volver a los
días felices en que eras un simple lector de libros prestados. Sigues bebiendo,
al cabo nada de eso es cierto y te encuentras en la comodidad de tu hogar; en
tus reales, como en los reales de todo el país, la Filología y las leyes de
transparencia se convierten en materias de un doctorado impartido por la Universidad
de David Copperfield.
Hay que ser un
verdadero mago para saber en qué va a acabar este ensayo que sabe a horchata y huele
a guayaba. Hay que ser muy valiente para no borrar este escrito tan nimio. Lo
haría si supiera cómo, si el mareo y la visión borrosa me dejaran encontrar esa
tecla tan esquinada, la que más se usa, según los escritores.